Las relaciones internacionales a partir de los noventa han utilizado el término “soft power” para describir la capacidad que tienen los Estados Naciones para incidir en los intereses y posicionamientos de los otros, a través de dispositivos culturales e ideológicos, en complemento a las formas tradicionales de hacer política. Más allá de las consideraciones propias de la ciencia política, cada vez es más evidente que los acontecimientos deportivos internacionales suelen ser más efectivos que la propia diplomacia. Lejos quedan las figuras retóricas que percibían al fútbol como “el opio del pueblo” o como el velo de enajenación que oculta conspirativamente los problemas sociales de los países. Para los Estados, estos sirven como ocasión para visibilizar sus procesos de modernización interna, instalar la llamada “marca país”, realzar las condiciones de sus instituciones, infraestructura y seguridad interior, y disputar las imágenes de “lo bueno” y “lo malo” en el mundo, más allá de la coyuntura política y deportiva. También, los actores sociales aprovechan esta vitrina internacional para desplegar sus demandas y reivindicaciones utilizando a jugadores y selecciones. Tal es la magnitud del fenómeno que algunos investigadores se han atrevido a definirlo como “la diplomacia del fútbol”.

Por esto, y otras tantas razones de orden cultural que no abordaremos hoy, es que el fútbol tiene un fuerte componente político que rebasa lo deportivo, aún cuando periodistas y autoridades deportivas traten de decirnos lo contrario, con la intención de “neutralizar” esta práctica social. En este sentido, podemos señalar un sin fin de ejemplos como parte de la historia de las copas mundiales, historias de jugadores y selecciones valientes y comprometidos con la política, como en Francia 98, en el contexto de la tensión entre Irán y EE.UU los jugadores de las selecciones de ambos países intercambiaron flores y banderines antes de jugar el partido que los enfrentaba. También, casos como el de Italia 1934, bajo Musolinni, quién fue acusado de utilizar el torneo para expandir el ideario del Fascismo Italiano. Se dice que incluso se arreglaron los arbitrajes para lograr el objetivo de que la selección local saliera campeona. Escudriñando más, tenemos la exaltación de discursos chovinistas y el lenguaje del enfrentamiento militar -cómo olvidar “la guerra del fútbol” entre Salvador y Honduras en 1969-. Sin ir más lejos, hace pocos días la comunidad palestina logró impedir que el equipo argentino viajara a Israel para celebrar un partido amistoso.

En la actualidad, las cifras hablan de unos 3.000 millones de personas que en todo el mundo vieron la última final mundialera entre Alemania y Argentina en Brasil 2014. A pesar de las innumerables críticas sobre la inversión en infraestructura deportiva que se efectuaron bajo el gobierno de la ex presidenta Dilma Rousseff, y que enfrentó en medio de un complejo escenario político nacional, éstas no lograron apaciguar un segundo el entusiasmo de vivir la fiesta del fútbol. Se espera para esta versión 2018, una audiencia televisiva estimada en la mitad de la población mundial. Entonces, ¿qué se juega cuando se juega un mundial?.

De ahí que el mundial de Rusia 2018 no se trate de cualquier mundial. Algunos ya hablan del mundial más político de los últimos treinta años. El hecho de que se celebre en la Federación Rusa -selección sin una gran historia futbolística reconocida tras la separación de los países que integraban la órbita soviética- viene a coronar el retorno de una potencia que se creía “derrotada” en la Guerra Fría y “desaparecida” con la caída de los mal llamados “socialismos reales”. Tras las cuantiosas inversiones públicas efectuadas para la construcción de estadios de fútbol profesional con siete años de anticipación, este evento deportivo internacional consagra la integración económica y cultural de la era Putín.

Este será un mundial dónde una vez más el fútbol saldrá del césped y simbolizará debates y discusiones contingentes en el ajedrez de la política internacional, en momentos de fuertes tensiones y acusaciones cruzadas entre Europa, Estados Unidos, Corea del Norte y Rusia; el éxito de la intervención en Siria; la subida del petróleo; y por cierto, el mejor momento de sus relaciones exteriores, según los analistas. A su vez, revivirá disputas históricas a propósito de la participación de Alemania, o con la “amistosa” invitación que hicieran los hinchas rusos a los hinchas ingleses luego del cierre de sus consulados, como también es de esperar que la controversia que dejaría a la selección iraní sin sus zapatos de fútbol a un día del mundial, se resuelva en los márgenes del “soft power” y su solución simbolice la voluntad de generar acuerdos políticos para la paz en Medio Oriente. Lo cierto es que no será un mundial que dejará indiferente a la comunidad internacional, y donde seguramente se condenará cualquier enfrentamiento entre hooligans, y otras expresiones de violencia xenófoba y sexista.

Por otro lado, han sido años convulsionados para la dirigencia de la FIFA y sus federaciones regionales y locales, en que la noticia no ha sido el deporte sino que la corrupción y la porfía de anteponer el negocio, las malas prácticas, una lógica puramente mercantil y por qué no decirlo, delincuencial, antes que el desarrollo democrático del deporte. Con todo, las recientes acusaciones de dopaje, el llamado a boicotear el Mundial por parte de la oposición liberal rusa y la polémica del documental de la BBC ‘El ejército de los hooligans rusos’ sobre un supuesto entrenamiento de los hinchas rusos más violentos, no han logrado opacar las expectativas sobre el gigante ruso como un “buen anfitrión” de esta versión 2018, que contará con la presencia de cerca de 20.000 voluntarios, 100.000 hinchas chinos y un millón y medio de turistas.

Finalmente, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino dijo meses atrás: “El mundial de Rusia será el mejor de la historia”. Por su parte, el presidente de la Federación Rusa añadió: “Creemos que las impresiones inolvidables las tendrán también aquellos que llegarán a Rusia para apoyar a sus equipos, no sólo verán el juego de los líderes del fútbol mundial sino que conocerán la cultura rusa, nuestra historia, nuestra naturaleza particular de Rusia. Como los juegos del campeonato se realizarán en 11 ciudades rusas, los hinchas tendrán la oportunidad de visitar a la vez varias regiones de un país grande y multifacético, alguien que haya estado alguna vez en Rusia, sabe como hospedamos a los amigos.”, indicó Putín en compañía nada menos que de Maradona, Ronaldo y Ronaldihno.

Desde la Copa Confederaciones del 2017 en adelante, los países del mundo y en particular nosotros, chilenas y chilenos, vamos dejando atrás el recuerdo de las trasmisiones de Radio Moscú, y esta vez -lamentablemente sólo como espectadores-, conoceremos del exotismo y la capacidad de maniobra política del gigante ruso para organizar un mundial de fútbol, que se revestirá como un elemento legítimo de cohesión mundial.

Natalia Riffo Alonso, Psicóloga, ex Ministra del Deporte
Natalia Silva, Socióloga, Magister en Relaciones Internacionales y Seguridad
Fundación Fútbol y Sociedad
contacto@futbolysociedad.cl

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