Por Fundación Fútbol y Sociedad.

Las dos grandes fuerzas de la naturaleza del fútbol sudamericano, tienen cita en un escenario idílico, nada menos que una final de copa Libertadores. El partido promete ser recordado como el más importante de la historia del fútbol, un evento de ruptura en el curso de cotidianidad de la Argentina y del cual se escribirán montañas de páginas de las anécdotas y gestos de sus protagonistas; pero con un incómodo detalle dentro del jardín del Edén, en el cual faltará un actor sobre los tablones de aquella faustuosa obra: se jugará sin público visitante.

Construyendo el telón de fondo coyuntural, esta disposición no es nueva en la Argentina, ya que pasó de ser una medida temporal a una pseudo política pública, mantenida a partir el año 2013 en el fútbol profesional argentino (desde el homicidio de un hincha de Lanús por el disparo de un policía dentro del estadio), siendo resistida y controversial hasta el día de hoy; incluso por entonces el candidato Mauricio Macri en 2015, prometió que si era electo garantizaría el regreso del público visitante y de la “familia” – ¿algo de eso hemos escuchado en Chile?-.

La “razón” parece simple y bestial a la vez: se opta por excluir a una de las partes, por sobre prevenir, educar y anticipar, centrándose en uno de los múltiples factores, para transformarlo en el enemigo de este avance de la “civilización” en el fútbol, y este es mejor conocida como la violencia de las barras bravas. Lo anterior es un síntoma del apego al paradigma de la securitización por sobre el bienestar del espectador, definiéndose como un enfoque parcial que omite un tratamiento que requiere ineludiblemente un abordaje integral que incluya todos los factores organizativos de un evento masivo (estudiado como una dinámica de multitud); ya que no solo es cuestión de seguridad, si no también de bienestar de los espectadores.

Otro elemento surrealista dentro del fútbol argentino es que en las obligaciones de los clubes de costear monetariamente los dispositivos de seguridad del espectáculo, se incluye la remuneración de la fuerza pública -¿para un evento privado?-, en el que cada policía cuesta unos 183 pesos argentinos por evento; quienes por cierto, son menos requeridos (en cantidad) después de la prohibición de la hinchada visitante. En este sentido, pareciera que los únicos que ganan con esta medida son las arcas de los clubes.

Por otra parte, es paradójico escuchar propuestas de la CONMEBOL de tratar de imitar aspectos de la UEFA Champions League, como la idea de final única, estadio prestablecido y un espectáculo previo al comienzo del partido; pero por supuesto, es “más importante” consolidar un modelo espectáculo-negocio sustentable. Está situación es un claro indicio de ejercer una política de imposición de estéticas europeas y la creación de estereotipos de hinchas “ideales”, tratando de desplazar a los “extraños” o “inadaptados” (mal conocidos como barras bravas) fuera de sus espacios cotidianos, produciendo una ruptura transversal en la masa heterogénea que asiduamente frecuentaba el estadio, provocando un rechazo general de la propuesta estatal y por supuesto generando resistencia (más violencia).

La pregunta que nos cabe es si ¿esta amputación nos ha salvado de la “gangrena de la violencia en el fútbol”?. Los datos de la ONG Salvemos al Fútbol señalan que desde 2013, se registran 50 muertos en contextos de violencia entre barras (de los más de 300 registrados desde 1920), dado que está no solo está presente al interior de los estadios, si no que desborda a los espacios cotidianos (poblaciones, barrios y plazas), esto enmarcado  dentro de una cultura conocida como “el aguante”. Dicho esto, la cantidad de desordenas al interior de las tribunas continúa con una frecuencia similar, dado que se han potenciado las disputas internas de las barras (disputas económicas como reventa de entradas, los arriendos (y espacios) de estacionamiento, los dineros que reparten los dirigentes, entre otros). Por si fuera poco, esta medida provoco que los hinchas visitantes se “comenzaran” a infiltrar en los estadios y generaran focos violentos más difíciles de identificar y predecir para la autoridad.

Lo anterior nos lleva a recordar las terribles imágenes en el clásico cordobés del año 2017, donde hinchas de Belgrano mataron a uno de su mismo equipo arrojándolo desde la tribuna, creyendo que era un infiltrado de Talleres de Córdoba; comprobándose más tarde que todo se trataba de un mal entendido.

El fenómeno de la violencia es complejo y requiere de la deconstrucción de la cultura del aguante, de planes de integración, educación en la convivencia y de lograr un equilibrio entre el bienestar del hincha y la seguridad. Pero como decía Galeano el fútbol profesional hace todo lo posible por castrar esa energía de felicidad, pero ella sobrevive a pesar de los pesares, y quizás por eso ocurre que el fútbol no puede dejar de ser asombroso.

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